Consejos e ideas para escritores noveles

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Entonces, sigue leyendo, los consejos y e ideas que te doy a continuación pueden serte útiles.

Historias escritas en el viento. Capítulo 1 (1/5)



CAPÍTULO 1
ELLA ES ESPECIAL, PERO NADIE LO SABE




"Recorre la ciudad para encontrarse a sí misma"



Julieth Vintage es su nombre. Julieth por esa famosa actriz de los años 20 que tanto admira; Vintage por la denominada moda vintage, que hace referencia a la moda reciclada de otro tiempo, como si cualquier tiempo pasado fuese mejor.
Le gusta hacer las cosas a su manera.

Aunque no tiene una rutina laboral ni estudiantil, hace ya bastante tiempo que siempre se levanta a las siete y veintitrés. No le hacen falta despertadores, es como si algún mecanismo interno, del que no es consciente, le hiciera abrir los ojos justo en ese momento y no en otro. Pero no le importa, porque esa hora es ideal para mirar por su ventana y ver la calle casi desierta, quizás algún transeúnte que camina hasta su puesto de trabajo o el barrendero, que aparece en escena cada mañana para barrer las calles.

Es una chica de costumbres, y aparte de levantarse todos los días a la misma hora, se despereza entre las sábanas, camina descalza hasta el baño y se mira en el espejo. Le gusta recorrer su rostro milímetro a milímetro en busca de alguna nueva espinilla, punto negro o mancha que haya que eliminar. Se frota la cara con un jabón natural de esos que huelen a viejo y a abuela y luego se enjuaga con abundante agua templada.

Cuando vuelve a su cuarto, para abrir la ventana y ventilar su dormitorio, le gusta ver tras de sí las huellas de sus dedos de los pies en las frías baldosas. Y cuando la ventana está abierta, y solo entonces, va a la cocina a prepararse el desayuno. Toma una taza de humeante café y una tostada y media con margarina y mermelada de fresa. Pero el tostador solo admite tostadas enteras, por lo que Julieth siempre tiene que dejar una a la mitad, porque si solo hace una, se queda con hambre, y si se come dos, se queda hinchada para toda la mañana.

Mientras se hacen las tostadas, prepara el desayuno de Monsieur Neveu, que es quien le hace compañía en el piso de Madrid en el que vive desde hace seis meses. Solo está allí de prestado, porque nunca ha sentido que fuera suyo, de hecho no lo es, solo está de alquiler.

Julieth no es una chica de caprichos caros. Cuando acaba de desayunar, se para frente a su armario y entonces elige el atuendo adecuado con al lugar al que se dirija. Hace ya tiempo que no se compra ropa, suele customizarla a su antojo y siempre consigue ir diferente y con gusto. Los vaqueros, cada temporada son más cortos, como si en las perchas menguaran solos, y las camisas a veces acaban siendo chalecos. Le gusta diseñar su ropa, coserla y ver la transformación en su cuerpo. Mirarse al espejo. Escudriñar bien cada pliegue y cada centímetro de la prenda y entonces dar su veredicto. O vale o hay que cortar un poco más.

Le gustaría hacer lo mismo con su pelo. Ir cortándolo hasta dejárselo como un chico, pero no se atreve y tiene una larga cabellera que le encanta peinar. 

Para acabar de acicalarse, se pinta la raya del ojo en negro y los labios en rojo cereza como el esmalte de uñas que suele llevar y que se compra en una tiendecita muy barata del barrio.

A veces se decora el pelo con un lazo blanco o rojo con lunares negros, incluso de algún otro color que le vaya con la ropa que ha elegido aquel día. Normalmente viste de rojo, blanco, azul y negro, pero hay otros días que necesita verse de diferente modo.

Se despide de Monsieur Neveu, recoge su bolso, que suele ser muy grande para un sinfín de artilugios que guarda en él, coge las llaves y se marcha.

Habitualmente sus destinos son: el supermercado, el parque o el centro, según se sienta de animada. Si está contenta indudablemente recorre el centro, porque allí hay mucha gente con la que mezclarse, mil historias que se cruzan, chocan o caminan paralelas para siempre. A Julieth le gusta pensar en las vidas de los demás. Mira a un lado y a otro y piensa en el lugar a donde irán, que les gusta o las colecciones que hacen. Porque Julieth es mucho de colecciones. Tiene una cajita, por ejemplo, donde guarda todo lo que, a su juicio tiene valor, que se encuentra en la calle. Si abres esa cajita de madera vieja, con una bicicleta antigua dibujada en el tapa, puedes encontrar una fotografía de carnet, una nota con un número de teléfono, unos apuntes arrugados, un abono de octubre de 2004 capicúa, un décimo de lotería de hace diez años, una pulsera con la inscripción: Carlos y Lucía marzo del 1998, etc. Y siempre que sale a la calle va muy atenta al suelo, por si su tesoro puede aumentar aquella tarde. Y como muchas veces va mirando al suelo, también se fija en el calzado de los viandantes. Le gusta descubrir a las personas desde los pies hasta la cabeza, para ver si coincide con las ideas que se ha hecho al mirar su calzado. Muchas veces hay sorpresas, y se nota que llevan los zapatos por gastarlos o prestados o que no les gustan, porque la gente va incómoda y se nota en sus rostros, eso a Julieth le hace gracia.

Entra y se sienta en alguna cafetería, observa las  otras mesas con mucha curiosidad. No cree en las casualidades y si aquellas personas se han parado en ese instante a tomarse un café como ella, es porque tienen algo más en común que el gusto por el café. Es porque algo les une y el destino ha hecho que se encontraran. Les mira y a veces no puede resistirse a leer sus labios para saber que dicen. De tanto observar a las demás personas a distancia, ha desarrollado un sexto sentido para saber cuales son sus palabras. Por ejemplo, su lenguaje corporal dice mucho de cada persona y es un buen comienzo para entender toda la conversación.

Cuando está triste tiene dos opciones: o va al supermercado, o va al parque. Si va a comprar, suele coger helados, chocolate y fruta para animarse y se recorre todos los pasillos buscando sus chucherías pensando en lo cruel que es la vida. Aunque también suele ir a comprar cuando está contenta, porque solo así se hace con ciertos productos que no son tan de su agrado, como algunas verduras, como las acelgas.

Pero si realmente está triste, coge su pequeña bici blanca y va al parque. Escoge un rincón apartado de la gente porque entonces no le importan sus historias, ni lo que puedan esconder, en esos instantes se vuelve egoísta y solo quiere regocijarse en su pena, ya sea para encontrar una solución al problema o para llorar largo y tendido.

Aquel día Julieth no lo está, por lo que naturalmente opta por ir al centro. Hace un sol radiante así que la mañana es idónea para pasear por todo Madrid, aunque a ratos tenga que cobijarse en las sombras de los árboles o de los altos edificios.

Cuando camina por el centro también mira hacía arriba, porque hay algunos edificios que si pudieran hablar, contarían muchas más historias de las que pueden contar las personas. Porque esas paredes han estado presentes en cada acontecimiento que haya sucedido. Han sido testigos mudos de tantos momentos que no hay nada que más irrite a Julieth que no poder hablar con esas piedras para que le cuenten. Imagina lo que podría descubrir si los edificios de Gran Vía pudieran darle un parte diario con todos los sucesos interesantes.

Pero no es posible y se enfada y solo con una palmera de chocolate puede calmarse. Así que continúa sus pasos hasta alguna cafetería donde tomarse un café y su dulce preferido.

Es curioso fijarse en ella si estás en otra mesa, porque cuando vemos a otras personas tomando algo solas podemos llegar a pensar que son desgraciadas y que no tienen amigos con quienes ir a charlar a una cafetería, pero mirarla a ella es ver a alguien solitaria que ocupa el hueco de los ausentes. Tiene un brillo especial que hace que aunque no te percates de su presencia, notes esa luz interior que no sabes muy bien de donde procede.

Pero ella no lo siente así. A veces su soledad es abrumadora. No se para a pensar en ella cuando está frente a su palmera de chocolate intacta, pero sí cuando solo quedan de ella migajas. Entonces se siente algo pesada e incluso culpable. No es que se vea gorda, pero es la pena de una pérdida irrecuperable, como si detrás de esa palmera gigante pensara que va a haber alguien para esperarla, y una vez que se la ha comido, mira detrás de ella, ve que no hay nadie.

A veces, después de su segundo desayuno, se va al parque apenada, pero aquel día ha decidido seguir su camino sin rumbo fijo. Quiere ser fuerte y no llorar a cada paso que da.

                                                                      

Nota: No te pierdas la continuación el próximo miércoles.


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"Historias escritas en el viento"
Capítulo 1. Parte 1/5
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